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Elia Ivars no sólo destaca en el laboratorio, también en el escenario.
Recientemente se alzó con el premio del público en el prestigioso concurso de monólogos científicos ‘Sólo de Ciencia’, al que había clasificado con un texto sobre la procrastinación, algo que hizo debido a su propia experiencia personal: mientras posponía constantemente la redacción de su propuesta para el certamen al límite de la fecha de entrega, comprendió que entender el funcionamiento de su propio cerebro era la clave para superar este hábito tan común entre los estudiantes. Su posterior monólogo en la final se centró en la memoria olfativa.
Desde la perspectiva de la neurociencia, la procrastinación no es simple pereza, sino una batalla evolutiva dentro de nuestra cabeza. Elia explica que en este proceso interactúa el sistema límbico, una de las estructuras cerebrales más primitivas encargada de evaluar el esfuerzo y la recompensa inmediata. Evolutivamente, nuestro cerebro está programado para preferir un beneficio instantáneo (como mirar TikTok o salir de fiesta) en lugar de un esfuerzo a largo plazo (como estudiar para un examen), imitando a los animales ancestrales que preferían comer una fruta hoy antes de arriesgarse a esperar a que madurara en un entorno lleno de depredadores.
A este mecanismo se suma la amígdala, que gestiona emociones como el miedo o la ansiedad frente a una tarea difícil, convirtiendo metafóricamente un examen en un “león” del que queremos huir. Sin embargo, cuando la fecha límite es inminente, la amígdala dispara los niveles de estrés mediante el cortisol y la noradrenalina. Este pico químico es el responsable de provocar ese famoso estado de hiperfoco de última hora; acelera el ritmo cardíaco y prepara al cuerpo para reaccionar rápidamente ante el peligro, logrando que terminemos el trabajo contrarreloj con una sorprendente descarga de adrenalina.
