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La bióloga tropical Lilliana Rodríguez trabaja desde su San Carlos natal en un proyecto al que ha dedicado 20 años de su vida, desarrollando un proyecto a nivel mundial para producir hongos ostra comestibles utilizando el rastrojo de la piña como materia prima, que se inserta en la economía social solidaria, favoreciendo a distintos grupos vulnerables de la zona.
Por: eSTEAMadas
La economía social solidaria en la región de San Carlos se ha transformado en una “transición justa” que busca regenerar los ecosistemas mientras dignifica a las comunidades locales. Entrevistamos en eSTEAMadas a Lilliana Rodríguez, coordinadora de investigación de la UTN y sancarleña de origen, quien nos explica que este modelo permite que la ciencia tenga “alma y corazón” al integrar a grupos vulnerabilizados en las cadenas de valor de innovaciones tecnológicas. La verdadera riqueza de la zona norte no reside solo en su paisaje, sino en su capital biológico y en la capacidad de articular esfuerzos para que el desarrollo económico no deje a nadie atrás.
El núcleo de este impacto radica en un hito científico: el desarrollo del primer paquete tecnológico a nivel mundial para producir hongos ostra comestibles utilizando el rastrojo de la piña como materia prima. Este proyecto, al que Rodríguez ha dedicado 20 años de investigación, convierte lo que antes se consideraba “basura” agrícola en proteína de alta calidad y productos de altísimo valor añadido. Al aprovechar las certificaciones de la biomasa residual de empresas como Nicoverde, el proyecto no solo reduce el impacto ambiental, sino que construye los “andamios de un sueño” para transformar la matriz productiva de la región hacia una bioeconomía circular regenerativa.
El aporte social a la comunidad de San Carlos es tangible mediante la creación de “empleo verde” para asociaciones de mujeres y personas con discapacidad visual, auditiva o del espectro autista. La iniciativa fomenta un modelo de negocio cooperativo y solidario donde grupos que tradicionalmente enfrentan barreras laborales pueden emprender y alcanzar autonomía económica. Este enfoque inclusivo permite que las familias de la zona encuentren oportunidades de desarrollo en su propio territorio, evitando la migración forzada por falta de opciones y fortaleciendo el tejido social desde la base.
Uno de los impactos más inspiradores es el empoderamiento femenino y el relevo generacional; las jefas de hogar que participan en las capacitaciones ahora asisten acompañadas de sus hijas, sembrando una nueva visión de liderazgo en las comunidades rurales. Además, el proyecto educa a las nuevas generaciones, mostrando a los niños que la biotecnología puede transformar la realidad de sus padres, muchos de ellos peones de campo, en un futuro de innovación y bienestar nutricional a través de suplementos y harinas derivadas de los hongos. Así, el “verde” de San Carlos deja de ser solo color para convertirse en esperanza de crecimiento continuo.
Finalmente, este ecosistema de innovación socioproductiva se sostiene gracias a una red de mentores y alianzas estratégicas donde la Cooperación Española ha sido un socio estratégico fundamental. Lilliana Rodríguez destaca que el respaldo de España, junto con otros organismos internacionales y la empresa privada, ha permitido movilizar recursos significativos para validar este modelo de responsabilidad social a gran escala. Gracias a este apoyo internacional, el proyecto no solo beneficia a Costa Rica, sino que posiciona a San Carlos como un referente mundial en la transformación de residuos agrícolas en oportunidades de vida digna y sostenible.
